30 de abril de 2014


Miércoles de la segunda semana de Pascua



Libro de los Hechos de los Apóstoles 5,17-26. 


Intervino entonces el Sumo Sacerdote con todos sus partidarios, los de la secta de los saduceos. Llenos de envidia, 
hicieron arrestar a lo Apóstoles y los enviaron a la prisión pública. 
Pero durante la noche, el Angel del Señor abrió las puertas de la prisión y los hizo salir. Luego les dijo: 
"Vayan al Templo y anuncien al pueblo todo lo que se refiere a esta nueva Vida". 
Los Apóstoles, obedecieron la orden, entraron en el Templo en las primeras horas del día, y se pusieron a enseñar. Entre tanto, llegaron el Sumo Sacerdote y sus partidarios, convocaron al Sanedrín y a todo el Senado del pueblo de Israel, y mandaron a buscarlos a la cárcel. 
Cuando llegaron los guardias a la prisión, no los encontraron. Entonces volvieron y dijeron: 
"Encontramos la prisión cuidadosamente cerrada y a los centinelas de guardia junto a las puertas, pero cuando las abrimos, no había nadie adentro". 
Al oír esto, el jefe del Templo y los sumos sacerdotes quedaron perplejos y no podían explicarse qué había sucedido. 
En ese momento llegó uno, diciendo: "Los hombres que ustedes arrestaron, están en el Templo y enseñan al pueblo". 
El jefe de la guardia salió con sus hombres y trajeron a los Apóstoles, pero sin violencia, por temor de ser apedreados por el pueblo. 



Salmo 34(33),2-3.4-5.6-7.8-9. 

Bendeciré al Señor en todo tiempo, 
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor: 
que lo oigan los humildes y se alegren.

Glorifiquen conmigo al Señor, 
alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: él me respondió 
y me libró de todos mis temores.

Miren hacia él y quedarán resplandecientes, 
y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor: 
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.

El Ángel del Señor acampa 
en torno de sus fieles, y los libra.
¡Gusten y vean qué bueno es el Señor! 
¡Felices los que en él se refugian!




Evangelio según San Juan 3,16-21. 


Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. 
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. 
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. 
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. 
En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios. 

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